EL QUE BUSCA ENCUENTRA.
Muchas son las historias que podemos encontrar sobre
“buscadores de tesoros” en nuestro país. Aquellos que alguna vez fueron
sorprendidos por el amanecer, en las arenas de la costa atlántica argentina,
quizás, se habrán cruzado con personajes llamativos que portan un aparato
similar a una vieja aspiradora hogareña rastrillando la playa. Son sujetos con
el hábito de rastrear metales con detectores. Desde monedas, anillos y chapitas
de gaseosas hasta joyas o adminículos de valor metálicos que pueden ser la
recompensa de un día de búsqueda.
(Por @Roberto_rockk)
Todos los terrenos guardan una historia.
David
sueña con salvarse encontrando un cofre con algún tesoro perdido o escondido
que nunca fue recuperado. A veces se va a la costa del Paraná, le contaron que,
en épocas de la guerra de la Triple Alianza, los lugareños, por miedo a ser
saqueados ocultaban sus pertenencias de valor bajo tierra.
“Una
vez encontré una bala de cañón en Corrientes, pero la tuve que devolver. Fui al
museo de historia a preguntar por lugares donde hubo batallas y cometí el error
de comentar mi hallazgo”. Se lamenta, todavía no conocía la
legislación que dice que hay cosas que son de patrimonio histórico de la zona.
Por esta razón tuvo que entregar su descubrimiento.
Pero
más allá de ver gente practicando esta actividad surge la curiosidad de como se
llega esto y si es accesible. En pleno centro porteño, rodeado de oficinas
contables y “sabuesos” de cobranza, se esconde un showroom con todo lo
necesario para emprender esta aventura. En el imaginario colectivo podemos
idear como se ve un salón de venta de electrodomésticos, pero ¿Cómo será uno de
detectores de metales?
“Nos
llaman de distintos puntos del país, quieren venir porque no confían, esto es
un piso y no un local a la calle” afirma Gregorio, encargado de
ventas de Tome y Traiga. Es tan íntimo que parece un hall de un loft
minimalista, pero con exhibidoras de diferentes tipos de artefactos. Un sillón
mullido, de cuero negro, nuclea la sala climatizada para refugiarse del caldoso
calor de las angostas veredas del microcentro.
Hablar
con los empleados es descubrir un inmenso catálogo de historias más variadas
que la de una plataforma de películas y series. “Yo los escucho con
atención, no se si serán verdad o mentira, pero cada cliente pinta un universo
diferente”, comenta Dario. Cada anécdota se parece mas a los relatos
exagerados de los pescadores. Otra construcción popular que encasilla a los
buscadores por sus aventuras al tratar de encontrar el pasado bajo sus pies.
Acodado
en el mostrador del comercio, Gregorio, repasa con la vista puesta en los accesorios
a la venta en una pared, y busca la forma más adecuada para no dejar a libre
interpretación lo que significa realizar estas actividades. “Hay familias que viven de esto, son pocas.
Abundan más las que lo ejercen como un pasatiempo”. Así como algunos
escriben, pintan, tocan un instrumento, otros, al llegar el fin de semana,
cargan en el auto la conservadora, el equipo de mate y el detector de metales.
Punta Lara y Ezeiza son los lugares que suelen concurrir en busca de espacios
que no hayan sido tan “peinados”. Es una comunidad numerosa, con estrechos
vínculos sociales, pero con algo de límites. No se acostumbra a andar diciendo
que zona es provechosa para la búsqueda. Ahí puede notarse una especie de
mezquindad. Pero esto no quita que algún domingo no se junten a comer un asado
entre 20 o 30 personas “del palo”. La organización alcanza tal magnitud que
pueden programar una recorrida por la costa atlántica pero, si no hubo una
buena recompensa, continúan viaje para la Patagonia o bien algún punto donde
puedan hacerse de algo interesante.
En
cada frase hay pasión. Revela postura de aquellos que conoce de patear los
campos, como el de Waldo. El detecta en Bolivia y dice que lo llama deporte. “Yo
no busco cosas, busco historias. Trato de armar un rompecabezas”. Toda
historia que repite las pone entre comillas: “Hay gente que es muy creyente de espíritus y leyendas. De revelaciones
de apariciones y más habladurías, yo los escucho”.
El
6to piso del edificio de la calle Uruguay es testigo del paso de los clientes: “acá viene todo el mundo. El ingeniero, el
albañil que busca en campos del litoral. Gente de barrios humildes, y de alto
poder adquisitivo. Todos en algún punto tienen algo para encontrar”. “hablo con personas que lo hace hasta porque
el médico le dijo que tiene que caminar.” “No hay un día bueno o malo, hay mucho azar. A veces no sacas nada, o
encontrás algo de poco valor o te aparecen
plomadas de pesca, ahí haces algo de diferencia vendiéndolas por peso”.
“Un cliente buscó y encontró el aro de Carlos Tevez, de gran valor, en el campo
de juego de Boca. Pero por eso no le dieron recompensa”.
Celeste
es otra de las apasionadas que dice llevar su detector de metales a todos lados
como si fuese un hijo más. Es cordobesa y aprovecha las historias de la
provincia mediterránea para desplegar todas sus habilidades de búsqueda. Le
parece descabellado que existan quienes tengan intriga por esta actividad, Se
ríe y pregunta “¿Por qué tanta intriga?
si es muy simple”. Para ella es cosas de todos los días. Su mirada esta
entrenada para ver más allá de la tierra que está bajo nuestros zapatos. La
burbuja de fantasía que ven ciertos ajenos, a los buscadores de tesoros, la
joven la punza con el comentario “Todos
creen que se van a volver millonarios con esto. No es así”.
No está convencida de que esto sea un hobby, no lo ve así. “Es un complemento. No lo hago por lo monetario pero si me causa mucha satisfacción la detección”. No puede ocultar el apego por el trajín que conlleva una jornada. Confiesa que “Uno sale con muchas expectativas podes encontrar algo copado que te da esa sensación de regalo de cumpleaños, o bien, podes volver con 100 kilos de basura”. Como tantos otros la atrajo el misterio. “Estoy con esto hace 10 años. Me pregunté ¿que habrá en el suelo? si el resto encuentra ¿porque no puedo encontrar algo yo también?”
En
aquellas primeras aventuras un nuevo estilo de vida se le presentaba con cada
cosa que encontraba. “En mis inicios di
con una gran cantidad de monedas. Hoy selecciono bien los lugares. Cuando
quiero hacer ambientalismo me voy al Dique San roque y junto plomadas. Yo no
las vendo, las descarto porque el plomo contamina”. Enfatiza.
Se
sincera y declara que “Esta actividad es
productiva y buena. Si lo haces de mala manera rompes la ley. No podemos
meternos en lugares protegidos por patrimonio. Nuestra tarea esta legislada. No
se puede hacer pozo en cualquier lado. Para ciertos sectores no estamos bien
visto porque hay personas que no tienen escrúpulos”.
Su
Instagram da cuenta de sus actividades. Registra sus hallazgos y comparte
algunas de sus búsquedas. También disfruta de andar en moto por los caminos
serranos y toparse con edificaciones, como iglesias centenarias en ruinas.
Seriamente advierte que “no nos podemos
meter. Hay códigos que respetar”. Agrega a su relato experiencias en otros
lados como aquella vez que estuvo en Mendoza por el camino que hizo el General
San Martin con los Granaderos a Caballo y la curiosidad le brotaba por los
poros. “Yo miraba todo ese terreno y me
carcomía la atracción por saber que podía encontrar ahí abajo. Pero no se puede
hacer nada”.
Tiene
el ojo entrenado y no puede evitar no hacer un sondeo como si fuese un geo
radar humano. Entre risas asegura que “Tengo
esto incorporado por donde paso. Veo un campo de golf y pienso que divino para
echar la pala ahí. Soy muy adicta a esto”. Esta rutina motivó a que se
acerque a otros aspectos de la ciencia. Comprender ciertas topografías,
diferenciar espacios que fueron intervenidos por algo externo al ambiente
natural, tener una lectura más precisa sobre las piedras de un sitio. “Esto me llevo a aprender muchísimo. A leer
el paisaje, a buscar información. No es andar haciendo huecos por cualquier
lado”.
Es
increíble como en los lugares menos pensados puede maravillarte un
descubrimiento. En Plena ciudad cordobesa se encuentra el Poder Judicial. Una
fuerte tormenta volteó un árbol viejo, ubicado en un vertedero de escombros, que
dejó la tierra removida. “Se me dio por
pasar el detector por las raíces que aun quedaban enterradas y encontré una
macuquina del 1700”. Ese objeto era una moneda de épocas de la Colonia
Española. Su primera expresión fue decir: "la
rescaté".
Tiene
lugares preferidos donde sabe que puede tener suerte. “Me gusta andar por balnearios que fueron muy concurridos en la década
de los ´40 o los ´50. Ahí no hay basura”. Pareciera que tiene un pacto con
cada terreno que visita, en particular con los ríos. Implícitamente intenta
hacer notar que las rocas la ayudan. “Las
piedras guardan muchísimas cosas”. Pero así también puede llevarse
“chascos”. “Algo que me fastidia es la
pull tap de las latas de bebidas. El detector lo reconoce con algo del tamaño
de un anillo. Nuestra regla es que cada 1000 pull taps podes sacar un anillito
de oro”. Bromea. De todas formas, con la misma vehemencia que recorre los
cordones montañosos, también lo hace por el mítico y emblemático Parque
Sarmiento. Una situación insólita la descolocó una mañana. “Cada vez que iba por un sector no podía pasar. Siempre había un señor
que dormía bajo los árboles. Con la pandemia la policía saco a todos los que
transitaba el lugar. Una mañana fui temprano y aproveché que no estaba. Es muy
loco, debajo de donde se acostaba encontré dos anillos de oro”. La corteza
terrestre depara desenlaces desconcertantes.
Las pasiones son indescriptibles pero Celeste se encarga de dejarlo en claro: “En esto no hay magia. Estamos los que salimos a disfrutar sin importar el resultado y quienes se frustran y terminan vendiendo los aparatos. Muchos arrancan por lo que ven en las redes pero al no tener los mismos resultados se decepcionan”. Y agrega: “Yo no me frustro, me mata la curiosidad de saber que hay en los lugares, por más que encuentre basura”.

Muy linda nota, evoca la pasión por descubrir , me encantó
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