ALEJANDRA PIZARNIK. ENTRE LA IMAGEN Y LA PALABRA.
Por @Roberto_rockk
Las rampas de concreto conducen a la entrada del edificio cuadrúpedo, como lo llamó Clorindo Testa, uno de sus creadores, que emerge de las barrancas cubiertas de construcciones en Palermo. Con la impresión arquitectónica de no saber si se está adentro o afuera de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Una base de cuatro súper columnas de concreto sostiene gran parte de la cultura literaria Argentina y Latino Americana. Los ascensores suben repentinamente como una fuerza que abduce hacia una nave nodriza. En el tercer piso esperan grandes obras de Alejandra Pizarnik. Con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento se presenta una exhibición de manuscritos, dibujos y otras pertenencias de la escritora argentina.
Un corredor bordó en el tercer
nivel, guía el camino a done está el pasado literario de una dramaturga que
rompió con las estructuras literarias y mostró otra manera de hacer poesía. Las
paredes rojas como si la condesa Isabel Báthory las pintara de sangre son el
soporte de imágenes inéditas de la poeta. Retratos en blanco y negro presentan
una Alejandra en primer plano dejando ver las consecuencias de la viruela
juvenil. La imponente muestra da testimonio de su vida y labor.
Manuscritos de puño y letra son
las pruebas de la oscuridad intelectual que tenían los trazos de aquellos
papeles amarillentos. El tiempo cristalizado en los pensamientos y las pinturas
surrealista de una de las referentas del literato argentino. Cien metros cuadrados
reunían el asombro de mayores pero sobre todo de jóvenes. Adolecentes que
comienzan a vivir al mismo tiempo que bucean en los estrabismos de los versos abisales
de la autora de Árbol de Diana. Lola, de 16 años, encontró en Pizarnik un mundo
de soledad que sintió la necesidad de ayudarla leyendo algunos de sus cuentos.
Siente que la acompaña cada vez que la lee. Su amigo, Lautaro, no mucho mayor
que ella, es un curiosos de la lectura. Está aprendiendo, investiga, y quedo
impactado por la forma de escribir de Alejandra. Quizas su turbia vida caótica
los identifique en algún aspecto de su caos adolescente.
Martin, un treintañero que está
de seguridad en la sala Juan L. Ortiz, cuenta con extrañeza el interés de la
juventud en conocer la muestra. Cuesta entender el interés de jovencitos por
esta escritora. De a ratos el cuidador también se pierde mirando objetos y
textos. Las edades se entre mezclan junto a las nacionalidades y familias
curiosas que se acercan a disfrutar de cada detalle de las exhibiciones.
Un panel es analizado con
profundidad por dos señoras. Son Liana y Ana. Sacan conclusiones de las
expresiones plásticas de la novelista. La primera no la conoce tanto y esta fascinada,
aunque la sabe poco de ella, dice sentir que “viviera” porque es un pedazo de
historia de la Argentina. Por otro lado, Ana, remarca la evolución haciendo un vínculo
entre la literatura y la pintura en el mismo periodo. Lo califica de “abstracto
y conceptual”, el espíritu de la época. La influencia de Picasso y lo pre simbólico.
La anfitriona nos muestra también
sus juguetes de niña. Sus alhajas de fantasía. Sus herramientas como máquinas
de escribir y lapiceras que habrán transgredido todo lo establecido desde su
bohemia y su manera de concebir la ¿vida? Una parte de Alejandra Pizarnik en el
barrio de La Recoleta es la imagen viva de alguien que se valoró mucho tiempo después.
Que vivió rápido y encontró la muerte muy joven pero que renace desde la súplica
y el cariño de cada renglón que se lee. Reviviéndola, como la burra que fue.




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